domingo, 8 de julio de 2012

Atardecer

Un sol que se va y un horizonte que se tiñe de brasa… todo nos habla de quietud, paz y silencio… silencio que empieza a sonar en el corazón e invita a la memoria… a la imaginación… nos dice el evangelio que “al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar… y Jesús les dijo vamos a la otra orilla”, o como cuando a la tardecita llegaron cansados pero contentos de la misión y le dijo vamos a un lugar aparte. Era el Jesús que subía al monte de los olivos en ocasiones y lo encontramos en oración…


Era frecuente este horario para el encuentro ya que más adelante añade: ”al atardecer, Jesús llegó con los Doce. Y mientras estaban comiendo…”, sería por eso que lo encontraron “al atardecer, le trajeron muchos endemoniados…” y así estaban los discípulos luego de la muerte, “al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban…”

Entiendo el atardecer como ese tiempo de la búsqueda interior, del reecuentro cono uno mismo... típico de la edad madura, el joven no se detiene a pensar vive en la exterioridad...
San Juan de la Cruz nos dice que “al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor” y ese gran psicólogo suizo que fue Carl Jung, decía que la mediana edad es “el atardecer de la vida”, es decir que en esa edad que va entre el final de la juventud y el ingreso a la vejez, él la ubica entre los 35 y 50 años, hoy podríamos estirarla un poco más. Una reciente encuesta en Mar del Plata dice que es a los 68 años que ingresamos a la vejez… cifra más, cifra menos digamos que sabemos de qué hablamos. La segunda edad.

Según Jung, la primera mitad de la vida mantiene al ser humano ocupado en formarse y autoafirmarse, dejando de lado esa otra parte inconsciente que él llama “el ánima o el ánimus”, y que relaciona con los arquetipos maternal y paternal; la segunda mitad de la vida es el momento en que el ánimus y el ánima, esa parte espiritual inconsciente, “en sombra”, vuelve a resurgir y debería ser reconocida y reintegrada en la personalidad del individuo, para poder renovarse y seguir creciendo.

Para Jung, la pregunta correcta ante la crisis, o cambio, de la mediana edad no sería la de “¿qué ha pasado?”, sino la de “¿qué quiero que pase?”. Es decir, Jung aboga porque, ese periodo de la vida, es cuando cada uno de nosotros intenta integrar sus sueños acallados, su potencial acallado y sin realizar, sus verdaderos deseos para su vida, a ese “yo” que ha ido forjando durante los primeros años. Es la hora de sentirse uno mismo, de reconocerse, desarrollarse y madurar como ser humano completado.

Carl Jung decía sobre la crisis de la mediana edad: “Desde la mitad de la vida hacia adelante, solo permanece vital aquel que está preparado para morir con vida.”. Eso significa que, en esa etapa de cambio de visión de las cosas, de renovación de la personalidad, los gustos y las actitudes, quien la supera exitoso es quien admite el final de otras etapas pasadas y acoge con serenidad la siguiente.

Por el contrario, hay personas a quien esa crisis de identidad les confunde e inquieta hasta el punto de que desean volver a la juventud, adoptando actitudes y formas de vestir y comportarse meramente juveniles, que les hacen verse desfasados y no hacen más que complicar su transición a la edad madura. Otros, reaccionan en actitud de huída, y rompen con sus costumbres, su hábitat o incluso sus círculos familiares o sociales. De ahí que exista un alto índice de divorcios, repentinos e incomprensibles para los allegados, en hombres de esa franja de edad. Y algunas personas llevan ese darse cuenta de la nueva etapa al ámbito de la desilusión, la desgana y el sentirse fracasados o insignificantes, o demasiado “viejos” para seguir soñando y teniendo nuevos proyectos, lo que conlleva un encerrarse en sí mismo, renegar del mundo y temer la llegada de enfermedades, la senectud o la muerte.

Dice Jung que lo que el joven encontró y debía encontrar afuera, el individuo en el atardecer de su vida debe encontrarlo en sí mismo.

Es claro entender desde esta perspectiva el camino de Jesús, alternando los momentos en las diversas etapas de su vida, y como en la última se vuelve más hacia sí, hacia el grupo de los amigos, hacia la intimidad del Padre, basta leer el texto de su discurso en la última cena para darnos cuenta de cómo afianza su proyecto de vida y la propuesta de una vida en clave de amor y compromiso.

Qué bueno sería si todos aquellos que hemos puesto nuestra confianza en las palabras de Jesús, no en la de las iglesias, ya que ellas forman parte de nuestra “mañana” marcando en el inconciente los arquetipos de una vivencia religiosa mágica, y ahora estamos transitando el “atardecer” de nuestras historias personales, podamos encontrar la riqueza del evangelio vivido en libertad y madurez de espíritu.

No somos más el joven que se acercó corriendo a Jesús para preguntarle que debía hacer para alcanzar la vida eterna, y siguió su camino, sino que estamos ya maduros para quedarnos con él porque su propuesta nos llena el alma.¿A quién iremos? dijo Pedro.

Hasta pronto.

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