martes, 31 de mayo de 2011

No creo en los milagros

NO CREO EN LOS MILAGROS
CREO EN LA SABIDURIA Y BONDAD HUMANA HECHA GESTO SOLIDARIO.
O por lo menos no creo en los milagros tal cómo son presentados por el magisterio católico o vividos en el seno de nuestras comunidades y catequesis.


El mercado del milagro permanece en auge y sigue siendo miel para el bolsillo, como lo fue para Simón el Mago (Hech. 8,9-24) quién quiso comprarle a San Pedro el poder para imponer las manos.

La sobreactuación de muchos “sanadores” rodeados de cierta áurea mística o de santidad, no es otra cosa que la mise-en-scène en la que unos cuántos vivos usufructúan de las penurias de la gente.

Hace unos cuantos años participé de un breve curso para hacer “milagros”, realizado por un Obispo brasileño, en el que describía las “artes” tanto de los católicos como de los evangélicos para alzarse con ricos botines como resultado de su “sanación”. Un pormenorizado ritual para hacer milagros incluso con apariciones y todo.

Hemos de recordar que la curación de los males humanos por medio de la palabra, hace siglos la han practicado los magos, dirigentes religiosos, sacerdotes, filósofos, médicos y a partir del siglo XX, psicoanalistas, psicólogos y psicoterapeutas.

Solo por tomar un indicador tantas veces reivindicado por la teología clásica de Santo Tomás de Aquino, Aristóteles atribuye a la palabra, al logos expreso y comunicativo un triple poder. Cuando la palabra humana es razonamiento dialéctico, convence. Cuando es discurso retórico, persuade y cuando es poema trágico, purga y purifica.

Más aún, para que la operación de la palabra logre máxima eficacia -y así lo exige especialmente la cura psicoterapéutica- es preciso que se establezca una peculiar relación entre el que habla y el que oye. En el caso de la catarsis verbal aristotélica, la acción de la palabra es tan intensa que opera como sí el discurso mismo fuese un verdadero medicamento.

Solo recordar algunos rituales de nuestros sanadores, no hace recordar todo esto.

Abundan las fuentes acerca de las curaciones en la antigüedad por medio de la palabra o el ritual. El mismo Jesús recurrió a la palabra y el ritual para realizar milagros. Sólo hay que ver las 14 curaciones, los 5 exorcismos, las 3 resurrecciones, 2 prodigios naturales y tres signos extraordinarios. Todos leídos teniendo obviamente en cuenta los géneros literarios, la sociología y la historia de su momento.

Ciertamente Jesús abreva en la sabiduría de su pueblo y la pone gratuitamente al servicio de la gente.

Creo en Jesús servidor que no usufructúa de la sabiduría sino que la utiliza como medio para estar más cerca y hacer presente el reinado de Dios en la cotidianeidad de la historia.

No es la palabra que hiere, enferma y di-vierte, sino ahora la Palabra cura, sana y con-vierte. Vuelve al sanado a la comunión cuya excomunión se había producido por su enfermedad, entendida de modos erróneos. La verdadera sanación lleva a la solidaridad y el seguimiento: la suegra curada de Simón se pone a servir.

Jesús hace la comunión de muchas y diversas maneras por sus palabras y gestos. Ese es el milagro.

Vivimos en una historia de milagros. Ellos suceden cotidianamente en nuestras vidas, pero hemos perdido la sensibilidad para detectarlos. Por eso muchos los buscan en los shopping religiosos a buen precio.

Ser un baqueano buscador de milagros es el camino de cada día, volver a asombrarnos del actuar “gracioso” de Dios en la vida. Ser un milagro para el otro en la escucha, la palabra y el gesto curador, en medio de una sociedad “hechizada” por el ruido de los mass media que están lejos de ser caricia para el alma, salvo contadas excepciones.

Nos urge volver a respirar el aire fresco del encuentro y la poesía, del consejo y la palabra amical que alienta y nos energiza, resucitando nuestro ser abatido y agobiado por el transcurrir de la vida.

Leer los milagros de Jesús desde esta perspectiva no mágica, sino absolutamente propia de la condición humana debería ser un regalo que nos ayude a ver los milagros que están sucediendo en todo momento.

No dejemos que la “enfermedad” nos consuma, salgamos al encuentro del otro como milagro que nos sane con la caricia de la palabra y la mano.
Dios habla y se nos acerca siempre vestido de prójimo o con ropaje de flores y atardeceres, solo hay que detenerse un momento.

ANEXO

• Los evangelios narran las siguientes curaciones milagrosas obradas por Jesús:

1. Sanó la fiebre de la suegra de Pedro, en su casa en Cafarnaúm, tomándola de la mano (Mc 1,29-31; Mt 5,14-15; Lc 4,38-39);

2. Sanó a un leproso galileo mediante la palabra y el contacto de su mano (Mc 1,40-45; Mt 8,1-4; Lc 5,12-16);

3. Sanó a un paralítico en Cafarnaúm que le fue presentado en una camilla y al que había perdonado sus pecados, ordenándole que se levantara y se fuera a su casa (Mc 2, 1-12; Mt 9,1-8; Lc 5,17-26);

4. Sanó a un hombre con la mano seca en sábado en una sinagoga, mediante la palabra (Mc 3,1-6; Mt 12,9-14;Lc 6,6-11);

5. Sanó a una mujer que padecía flujo de sangre, que sanó al tocar el vestido de Jesús (Mc 5,25-34; Mt 9,18-26; Lc 8,40-56);

6. Sanó a un sordomudo en la Decápolis metiéndole los dedos en los oídos, escupiendo, tocándole la lengua y diciendo: “Effatá”, que significa “ábrete” (Mc 7,31-37);

7. Sanó a un ciego en Betsaida poniéndole saliva en los ojos e imponiéndole las manos (Mc 8,22-26);

8. Sanó a Bartimeo, el ciego de Jericó (Mt 20,29-34; Mc 10,46-52;Lc 18,35-45);

9. Sanó a distancia al criado del centurión de Cafarnaúm (Mt 8,5-13, Lc 7,1-10, Jn 4,43-54; Jn 4,43-54;[25]

10. Sanó a una mujer que estaba encorvada y no podía enderezarse, mediante la palabra y la imposición de manos (Lc 13,10-17). Esta curación tuvo lugar también en sábado y en una sinagoga;

11. Sanó a un hidrópico en sábado, en casa de uno de los principales fariseos (Lc 14, 1-6).

12. Sanó a diez leprosos, que encontró de camino a Jerusalén, mediante la palabra (Lc 17,11-19).

13. Sanó a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, en Jerusalén, en sábado (Jn 5,1-9).

14. Sanó a un ciego de nacimiento untándolo con lodo y saliva, tras lo cual le ordenó lavarse en la piscina de Siloé (Jn 9,1-12).

• En los evangelios canónicos aparecen cinco relatos de expulsiones de espíritus impuros (exorcismos) realizados por Jesús:

1. Expulsó a un demonio en la sinagoga de Cafarnaúm (Mc 1,21-28; Lc 4,31-37);

2. a otro en la región de Gerasa (Mt 8,28-34; Mc 5,1-21; Lc 8,26-39);

3. a otro que poseía a la hija de una mujer sirofenicia (Mt 15,21-28;Mc 7,24-30);

4. a otro que atormentaba a un epiléptico (Mt 17,24-20; Mc 9,14-27; Lc 9,37-43);

5. a un “demonio mudo” (Lc 11,14; Mt12,22).

Además, hay varios pasajes que hacen referencia de modo genérico a exorcismos de Jesús (Mc 1,32-34;Mc 3,10-12).

• Según los evangelios, Jesús obró tres resurrecciones:

1. Resucitó una niña de doce años, la hija de Jairo (Mc 5,21-24, Mt 9,18-26, Lc 8,40-56). Jesús afirmó que la niña no estaba muerta, sino solo dormida (Mt 9,24;Mc 5,39;Lc 8,52).

2. al hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17).

3. a Lázaro (Jn 11,1-44).

• Jesús obró también, según los evangelios, dos prodigios de tipo natural, en los que se pone de manifiesto la obediencia de las fuerzas naturales (el mar y el viento) a su autoridad.

1. Jesús ordena a la tempestad que se calme y ésta obedece (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25).

2. Jesús camina sobre las aguas (Mt 14,22-33; Mc 6,45-52; Jn 6,16-21).

• Tres signos extraordinarios, que tienen un sentido acusadamente simbólico:

1. Multiplicación de los panes y los peces. Es el único de todos los milagros de Jesús que es registrado por todos los evangelios (Mc 6,32-44; Mt
14,13-21; Lc 9,10-17; Jn 6,1-13). Ocurre en dos ocasiones según los evangelios de Marcos (Mc 8,1-10) y Mateo (Mt 15,32-39);

2. la pesca milagrosa (Lc 5,1-11; Jn 21,1-19);

3. la conversión del agua en vino en las bodas de Caná (Jn 2,1-11).

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